viernes, 21 de junio de 2013

LA EXPERIENCIA CUBANA: Por qué no regresaría -segunda parte-


En el post anterior escribí acerca de los problemas "operativos" de los cubanos, pero lo que más duele, lo definitivo -a mi criterio- para no regresar son los problemas políticos.
Nuestra primera parada fue en Cayo Largo. El Cayo es una isla pequeña preparada sólo para el turismo, algo así como la ciudad de "The Truman Show", todo artificialmente puesto y preparado para el turista.
No hay casas particulares en Cayo Largo, toda construcción pertenece a alguna cadena hotelera, o bien a algo vinculado al turismo.
Ustedes se preguntarán adónde viven los empleados de los hoteles. La mayoría en la Isla de la Juventud, una especie de ghetto para nativos que trabajan allí.
Y trabajan muchísimo!!! Al no poder regresar a casa, los horarios son bastante extensos y están allí 20 días seguidos para retornar los 10 restantes a casa.
Los hoteles en Cayo Largo, aún con los problemas funcionales que relaté en el post anterior, son una burbuja en medio del paisaje cubano. Todo es bello, maravilloso, vistoso y falso, porque aún la burbuja más finamente construida puede dar lugar a ciertas filtraciones. De información, fundamentalmente.
Nuestro primer contacto con la realidad cubana fue en el locutorio, ese diminuto lugar en el que convivíamos las dos personas que navegaban (o más bien naufragaban) en internet, quien hablaba por teléfono y el pobre empleado, que llegaba a trabajar hasta 12 horas seguidas por un sueldo de hambre.
Un día, mientras mi sobrina estaba en la computadora (uno de los contados días que adquirimos tarjeta de internet), apareció una italiana y preguntó al empleado si tenía hijos. Él respondió que sí, que tenía una hija de 8 años. Entonces la mujer sacó de su bolso una caja de fibras de colores y se la regaló.
El muchacho la observó muy sorprendido, y con los ojos llenos de lágrimas agradeció el gesto. Acto seguido llamó alguien por teléfono, aparentemente un amigo o compañero de trabajo y entonces, muy emocionado, le contó: "Me regalaron una caja de lápices para mi niña... una caja de lápices!!", como si se tratara de un lingote de oro, o un manojo de euros.
Sentí una opresión en el corazón. No es que se trate de un pensamiento de mi mente capitalista-consumista, sino que ¿cómo se puede concebir trabajar tantas horas y ni siquiera poder darle a tu hijo un manojo de lápices con que pintar??
Comenzaba a entrar en la pesadilla cubana.
A excepción de la manteca y el queso, los lácteos en general, el buffet era una orgía alimenticia con todo tipo de sabores y colores. Me preguntaba si los empleados tendrían la misma chance que nosotros de degustar esos menúes. Supuse que sí, era lo más lógico que habiendo tanta comida, ellos pudieran disfrutarla también.
Pero me equivocaba. Una vez alguien nos dijo que nos sirviéramos de más, porque sólo así ellos podrían disfrutar nuestra comida. No podían tocar una sola tostada si no era producto de las sobras de nuestros platos.
Hasta los gatos que se paseaban entre las mesas tenían posibilidad de comer mejor!!!!!!
Dejar atrás Cayo Largo y entrar a Varadero fue un shock. Comenzamos a ver las casas dónde vivían los cubanos, los autos, el abandono. Las miserias de los cubanos quedaban al descubierto.
Las calles de cualquier ciudad cubana eran un verdadero viaje al pasado a través del túnel del tiempo. Se siente como estar viviendo en la década del 50 ó 60, en pueblos abandonados, tristes, desordenados.
A la par de los autos de los 50 circulan carros tirados por caballos, en una postal de absoluta y decadente tristeza, que curiosamente contrasta con la amplia sonrisa de los cubanos, que a poco de hablar un poco con ellos se convierte en una mueca sin sentido; y el baile, en un movimiento frenético tendiente a enfriar la cabeza y evitar pensar. "Bailamos y reímos para olvidar", dijo en algún momento uno de nuestros guías.
Nunca olvidaré la excursión de las tres ciudades cubanas: Santa Clara, Trinidad y Cienfuegos. Salimos a las 6 de la mañana y regresamos a las 10 de la noche. 
Las calles y rutas dicen mucho acerca de las miserias humanas.
Eso lo vi una vez que por error terminé entrando por la noche en una villa santafesina. Las calles estaban llenas de perros, chicos, otros animales... un caos.
Así eran las rutas cubanas. Oscuridad absoluta y gente caminando, bicicletas sin señalización, autos detenidos sin usar las banquinas... temblé durante todo ese viaje.

Pero sin duda alguna el peor choque lo encontraríamos en la ciudad de La Habana. Entrar y recorrer el malecón me dio la misma impresión de esas tantas películas de la posguerra mundial, con ciudades destruidas por los bombardeos y la destrucción bélica. Edificios en ruinas, poco mantenimiento y abandono general era el paisaje que nos recibía.
Sentí un nudo en el corazón.
Esa primera noche quisimos asistir al show del Buena Vista Social Club y como nuestro hotel estaba bastante alejado, teníamos que tomar un taxi. 
Salimos del hotel y un sujeto nos preguntó "¿Taxi?" Sí, respondimos a dúo, y nos indicó que lo siguiéramos. 
Así lo hicimos hasta cruzar la calle y encontrar un Fiat 125 viejo como la injusticia y sin ningún cartel que lo identifique como taxi.
Casi nos negamos a subir, pero él aseguró que era un taxi. Como no conocíamos, terminamos sentándonos.
Fue un largo viaje alambrando y temblando acerca de cuál sería nuestro destino. Nos preguntó si queríamos que nos buscara al final del show y acepté. Entonces pensé si acaso no aprovecharía la confianza que había forjado con nosotras en el primer viaje para darnos un hachazo en la cabeza en el segundo y dejándonos tiradas por ahí... qué poco sabíamos!!!
Llegamos perfectamente y antes de terminar el show ahí estaba nuestro taxista, esperándonos en horario.
Así descubrimos que a pesar de su aspecto, La Habana es una ciudad muy segura y nada malo podía pasarnos, al menos en lo que refiere a seguridad.
El viaje fue largo, así que aproveché para conversar con el chofer.
Nos enteramos entonces que había tres tipos de taxis: los oficiales (carísimos, porque son del gobierno), los taxistas aprobados (coches viejos particulares, con papeles para operar como taxis) y los truchos como éste (pertenecientes a cubanos que por tener otro trabajo -con el que no podían mantenerse- no podían acceder a una licencia de taxis.
En este caso nos contó que el taxi era suyo (la famosa "apertura" de Raúl Castro, que todos coincidieron que era sólo en teoría), pero que renegaba mucho cada vez que necesitaba un repuesto. Sólo a través del mercado negro podían conseguir repuestos y se jactaban de ser muy creativos para hacer funcionar autos de 60 años de edad, ensamblando repuestos inexistentes.
También hablamos de las libretas de racionamiento, que no alcanzaban ni para los primeros 10 días del mes.
Al día siguiente recibiríamos otro golpe de realidad al ver las larguísimas colas para retirar las provisiones. Cada cubano con su libreta de racionamiento, con casilleros para alimentos fundamentales (arroz, frijol, pan, carne... casillero nunca rellenado!)
Nuestro guía nos contó que sólo el pan se podía obtener diariamente; lo demás, bien gracias! Si no era por los rebusques cubanos, nadie podría sobrevivir más de un mes.
Las propinas eran reclamadas por toda acción y se vendía de todo. Así, en medio de un viaje en taxi, el chofer podía abrir la guantera y ofrecerte desde habanos hasta caracoles!!
Y los pedidos por la calle... nadie te pedía plata. Lo más solicitado por los cubanos era jabón, champú, chiclets y plumas. Los chicos no pedían golosinas, sino plumas... biromes!!!!!!!!
Me llena de tristeza incluso contarlo. Desde entonces no hay una vez que al bañarme y ver la espuma corriendo por mi cuerpo, no sienta una gran angustia por el pueblo cubano que no puede acceder a eso... a un poco de jabón para lavarse!!!!!!!!!
En el mismo Mercado Central, donde esperan que regatees precios, te ofrecen descuentos a cambio de los champucitos o jaboncitos del hotel. Realmente penoso...
El pueblo cubano es muy culto. Cualquier cubano sabe más de dos idiomas y los habla con fluidez. Los de mi edad han viajado a Rusia en los tiempos de la Unión Soviética y han estudiado algo. Y ésa tal vez sea la desgracia más grande de los cubanos: que saben lo que viven y dónde viven, no son ignorantes de su situación. La educación, en vez de sacarlos del agua los hunde aún más.
Un día viajamos en un taxi conducido por un ingeniero. Nos contó que trabajaba como ingeniero y ganaba algo así como el equivalente a 150 pesos de nuestra moneda. Por eso tenía ese taxi... ilegal!!
Si la policía nos detenía teníamos que decir que éramos conocidos, que nos habíamos hecho amigos anteriormente y él nos llevaba a recorrer la ciudad, sin cobrarnos. Pero la policía no nos detiene porque no ignora estas situaciones. Mira hacia otro lado porque sabe que de lo contrario la situación sería insostenible.
Fuimos al morro, para tomar fotos de la ciudad de La Habana, una vista maravillosa. Nos corrió la policía, no nos dejaron tomar fotos. "Así es la libertad en nuestro país", dijo tristemente el taxista.
De allí fuimos a la plaza de la revolución. "¿Qué haría el Che si resucitara y viera en qué se convirtió su revolución?", le pregunté. Respondió con resignación: "Se volvería a morir, de tristeza".
Todos idolatran al Che, pero detestan a los Castro y opinan que ya sería tiempo que se retiren de la vida política.
"Necesitarían otra revolución", afirmé. Y el taxista asintió.
Un día fuimos en bicitaxis. Yo no quería hacerlo porque me parecía una atrocidad que un pobre tipo tuviera que pedalear para llevarme, pero fue lo negociado por nuestro guía. 
Pedí ir en una bicicleta sola, porque mi sobrina y yo seríamos demasiado para el pobre ciclista, pero él insistió y nos llevó a las dos.
Por suerte íbamos cuesta abajo, que si no no sé cómo hubiera podido con ambas. En algún momento dejó escapar un "están bien alimentadas ustedes dos". 
Fueron sólo unas pocas cuadras y al llegar le pagué el doble de la tarifa, por el esfuerzo. Él rió como si hubiera recibido el premio mayor de la lotería y presumió frente a sus compañeros. A mí se me partió el corazón.
En Cuba pueden hablar mucho de igualdad, pero todo dista demasiado de ser igualitario. A la par de los viejos autos con patentes amarillas (de particulares) están los Mercedes Benz de caja automática con patentes negras (del gobierno).
Las casas no son iguales. Hay caserones, verdaderas mansiones!! y chozas...
El último día, un chofer nos preguntaba por qué no habíamos ido a Cayo Coco en lugar de Cayo Largo. Según él era el Cayo más lindo. Y agregó que no era sólo él quien así opinaba, ya que Fidel también tenía allí su casa de fin de semana.
Perdón???... ¿el líder de la revolución con casa de fin de semana?

Ese mismo chofer, en medio de la catarsis de esta conversación, nos dijo cuál era el secreto de la supervivencia cubana: nos tomamos un T.T.M. y listo!! A nuestra pregunta acerca de tan extraña droga de la que nunca habíamos oído, el negro con una amplia sonrisa de dientes blancos exclamó: Pues Tira Todo a la Mierda, chica!!!!!
Sabiduría cubana... de primera línea!!

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