domingo, 29 de noviembre de 2009

LLEGA LA NAVIDAD: otro año que se va!!



Nos damos cuenta que otro año se está yendo por la inminente llegada de la navidad. Cada vez con más anticipación aparece la decoración en las tiendas y los comerciantes buscan meter presión del modo que sea, para que comencemos a comprar un mes antes.
Ya termina noviembre y ¿es impresión mía o acaso ahora que estoy por cumplir 40 los años pasan más rápido?
Es un comentario de vieja, desde luego, ¿pero no les da la sensación de que antes todo iba en cámara lenta y ahora tenemos que esforzarnos para evitar que los momentos se nos escapen?
El stress diario, las corridas y el ritmo de vida que llevamos hacen que todo sea más acelerado y efímero; y que tal vez no lleguemos a disfrutar plenamente ciertas cosas como lo hacíamos antes.
Cuando era chica contaba los días que faltaban para que llegue la navidad. Reconozco que nunca fui demasiado creyente pero de alguna manera ésa era la época mágica del año y ni siquiera reparaba en los 40 grados de temperatura con que celebramos la nochebuena en el hemisferio sur.
La navidad para mí estaba íntimamente relacionada con mi tío Berto. Por eso quizás la mitad de mi espíritu navideño se fue cuando él enfermó y después falleció.
Mi tío Berto era mi compinche, el de las bromas desinhibidas, la alegría de las fiestas. Era aquél que se tiraba de boca en el piso haciéndose el muerto cuando yo le decía que la comida que acababa de comer “estaba envenenada”. El que cantaba su “dingui di dingui di dan” encogiendo los hombros y bailando con pasitos cortos; y en toda ocasión levantaba su copa para brindar “por la felicidad de nuestros hogares”.
¡Cómo recordar una navidad de mi infancia sin hablar de mi tío Berto!
A principios de diciembre salíamos solo los dos rumbo a un vivero a cortar la rama para armar el arbolito de navidad.
En aquel entonces había en Gálvez un montecito de árboles de tuya que pertenecían al dueño de un vivero y nos daba permiso para elegir cada año una rama para nuestros arbolitos.
Qué extraña fascinación existe en la mente de un niño porque para mí era una excursión “al bosque” y hasta podía imaginar ardillas (¿en Gálvez?) correteando entre los troncos de los árboles!! (Ni siquiera imaginaba que podía haber ratas; en mi mente infantil eran ardillas!!) Todavía puedo recordar el olor de esas plantas y la tierra fresca y sana.
A sólo un par de cuadras de mi casa me sentía como los chicos de la película entrando al reino de Narnia a través de la puerta del ropero.
Entonces elegíamos la rama, la mejor formada, no importaba a qué altura estuviera, y él trepaba con su serrucho hasta cortar una para su casa y otra para la mía. Siempre la mejor era para mí.
A nuestro regreso enderezaba la rama con una madera tutora y lo preparaba para que se mantuviera firme hasta el día de reyes.
Mi tío era carpintero y armaba unos pesebres soñados. No sólo tenía el pesebre propiamente dicho sino también el pueblo, con otros personajes, puentecitos y pasarelas de madera, un lago hecho con un espejo bordeado de arena y variedad de animales. Montañas de papel madera pintadas con témpera y arbolitos naturales y artificiales. No faltaba nada y todo en su justo y preciso lugar.
Todo ese significado tan especial que dábamos a la navidad se fue con mi tío. O tal vez simplemente se esfumó porque fui creciendo y la madurez hace que se pierda la magia de mirar las cosas a través de los ojos de niño.
Pero no he abandonado todo. Sigo adornando mi casa cada año para celebrar la navidad, decorando el arbolito aunque nadie más que yo lo vea y, a pesar de la poca habilidad que tengo, armando un pesebre que no será como aquél que me fascinaba, pero es un modo de mantener viva la tradición.
Y extraño a mi tío, lo extraño mucho. Ésta es la época del año en que más siento su ausencia. Pero no lo recuerdo con tristeza porque él era la alegría.
¿Qué les pasa a ustedes con la navidad? ¿Qué recuerdos les trae?... ¿o les resulta indiferente?

miércoles, 18 de noviembre de 2009

VOCACIONES: Una buena noticia con historia…


Hoy recibí una buena noticia: ayer en acuerdo de Ministros resolvieron acordarme la subrogancia del cargo de Jefe de Departamento.
Más allá de la “alegría monetaria” que representa haber saltado de un cuarto escalón al décimo y último del escalafón, siento una enorme satisfacción porque es la primera vez que logro un ascenso y reconocimiento profesional en un trabajo que realmente me gusta.
Y nadie me puede tildar de acomodada ni de paracaidista porque lo que tengo lo tengo bien ganado y creo que 18 años de tribunal, 16 de carrera y 9 en mi trabajo que (modestia aparte) hago muy bien, son razones más que suficientes para ser merecedora de este reconocimiento.
La cuestión es que haber alcanzado esta meta hizo que me detuviera a pensar en mis sueños, mi profesión y en todos los desvaríos vocacionales que he tenido a lo largo de los años.
Cuando era chica (ya lo saben!) sólo quería ser artista: cantar, bailar, actuar y recibir los aplausos y el cariño del público.
Más adelante, como toda nena, me convertí en una Susanita (de Mafalda) que sólo deseaba ser mamá, algo que entonces se creía profesión independiente, ya que necesariamente iba ligada al duro yugo de ser ama de casa (“puajjjj”, me permito expresar, cual nuestra pequeña amiguita cuando veía un plato de sopa)
Después llegó mi etapa docente. Me gustaban tanto los chicos (y tenía tantos para practicar en la familia!!) que pensaba que podría ser una excelente maestra jardinera. Claro está que con la habilidad manual que tengo con este par de manoplas enormes y torpes que Dios me dio, lo máximo que hubiera podido hacer para los chicos es un barquito de papel (con ayuda, ¡por supuesto!)
El tema de la docencia casi me lleva a hacer el secundario en el Colegio Nuestra Señora del Calvario… ¿pueden imaginarme en un colegio de monjas? Finalmente las amigas tiraron más y fui al comercial, terminando como perito mercantil (título pavote si los hay!)
Fiel a mis convicciones, durante los cinco años de la secundaria mantuve el sueño de ser maestra jardinera. Aún sin tener una sola materia del bachiller, yo iba a estudiar magisterio!!
En quinto año apareció una psicóloga a hacernos tests de orientación vocacional.
Lo recuerdo como si fuera hoy: entro, me siento, me mira y me pregunta “¿sabés qué vas a estudiar?” “Maestra jardinera”, respondo muy segura de mí misma. “¿Segura?” “Segura”, afirmo. “¿Segura, segura?”, repregunta. “Sí”, levanté la voz con fastidio. Y ahí terminó mi test vocacional… y la orientación me desorientó…
Ese último año habíamos comenzado a dar “derecho usual” con una abogada joven, linda, exitosa. Y más allá del derecho (que me apasionaba!!) yo quería ser como ella y defender la justicia por sobre todas las cosas.
Siempre había sido una defensora de pobres y ausentes. Todavía recuerdo cuando Chispita (la perra de mi tía Ada) había quedado preñada del perro de un vecino… hice todos los papeles para reclamar al padre la paternidad de sus tres cachorros!! Por supuesto que esa filiación nunca prosperó, pero eso es harina de otro costal…
En esos años adolescentes también había coqueteado con seguir estudiando piano (a los 16 ya me había recibido dos veces de profesora, por cambiar de instituto sobre la marcha), ser periodista o continuar mis estudios de inglés, pero no pasó de ser una locura temporal.
Lo cierto es que me encantaba el derecho pero me atemorizaban dos cosas: la duración de la carrera (6 años!!!) y tener que irme de casa.
Fue en un viaje casi al fin del año lectivo cuando Lito, un bioquímico santafesino con quien habíamos hecho buenas migas, me convenció de tomar ese riesgo y así comencé la facultad en Santa Fe. Y no volví más a casa!!
A los 19 comencé a trabajar ad honorem en tribunales en un juzgado penal y eso cambió mi vida!!
Me recibí a los 23, cuando ya llevaba dos años como empleada remunerada y un poco menos en la relatoría de la Corte.
Hasta ese momento creo que aún tenía la ilusión de ejercer la profesión y tal vez remotamente imaginaba la posibilidad de regresar a Gálvez y aceptar el ofrecimiento del suegro de mi hermano de entrar a su estudio. Pero el tiempo, la vida y definitivamente la Corte y sus personajes hicieron lo suyo y destruyeron mi vocación.
Entonces comencé a flirtear con la informática y me anoté en la carrera de Analista de sistemas. Me arrepentí a tiempo. No podía dejar de pensar en la lógica y la espantosa matemática que tantos dolores de cabeza me había dado!! A escasas semanas del comienzo de clases desistí y cambié mi matrícula y primera cuota por un curso de Windows.
El nuevo milenio me encontró forrada en plata (con una subrogancia de oficial de justicia) y ahogada en la desdicha de mi frustración. Así comencé a estudiar diseño de páginas web.
Terminé mis estudios (como todos los que iniciaba) pero la única página que diseñé fue aquélla con la que aprobé el examen. Continuaba buscando mi camino…
En el 2001 terminó el dulce amargor de mis días en la relatoría y decidí patear el tablero luchando por mi escape al lugar menos jurídico del tribunal: la Secretaría de Informática.
Una vez que estuve ahí me hundí en la depresión… ¿y ahora qué?
Al poco tiempo vi unos folletos sobre mediación en los relojes de la entrada. Sentí curiosidad y comencé a cursar.
La mediación me dio vueltas la cabeza!! Con dos profesoras de lujo y una forma desestructurada de aprendizaje, la mediación se transformó en una de las experiencias más positivas y enriquecedoras de mi vida.
Al cabo de un año me recibí y puse todas mis energías en esta nueva carrera. Pensaba que al menos para llegar hasta ahí habían valido tantos años de facultad.
Hice varios cursos, me aceptaron como mediadora judicial y comencé a hacer mediaciones… muy buenas experiencias pero escasísimas. Tema trabado en nuestra provincia si los hay y sinceramente, ya me sentía muy vieja como para ser precursora en un campo tan árido. Presenté mi renuncia (que dicho sea de paso, nunca aceptaron) y dejé el río correr.
En síntesis: era una abogada que no ejercía, una pianista que no tocaba el piano, una Senior in English que apenas hablaba inglés, una diseñadora de páginas que sólo las visitaba y una mediadora que no mediaba.
Mientras tanto, mi trabajo en Informática jurídica crecía cada día más y me iba haciendo casi experta como documentalista. Introduje ciertos cambios y una nueva forma de atención en el área.
Por supuesto que todo por el mismo precio. Allí nadie reconocía económicamente mi título ni mi experiencia.
A mí poco me importaba porque no hay mayor satisfacción que hacer lo que a uno le gusta (¡y amo mi trabajo!), pero nunca falta quien te hincha las pelotas con el tema de “merecés más” o “anotate para concursar una secretaría” o el famoso speech de la “mediocridad”.
El último manotazo de ahogado lo dí inscribiéndome en la carrera de fotografía. Confieso que también me asustaron los dos años de duración pero siempre había amado la fotografía y me pareció interesante.
La carrera resultó un fiasco pero ahí estoy firme, terminándola, con mis últimas fuerzas y mi último aliento. Y el año próximo será sabático: no más exámenes, trabajos prácticos ni fechas límites. He dicho!!
Estoy pronta a cumplir los 40 y más allá de que respeto y admiro a quienes tienen la valentía de ponerse a estudiar a esta edad, considero que ya pasé demasiado tiempo estudiando y buscando, como para parar un poco la pelota y afianzarme en algo. Más aún ahora que al fin me llega el reconocimiento y como plus, en un trabajo que me gusta tanto!!!
En fin, creo que he recorrido un largo camino hasta aquí, preparándome y sembrando. Hoy es tiempo de la cosecha. Por eso quiero compartir mi alegría con todos ustedes.

domingo, 8 de noviembre de 2009

TOLERANCIA CERO: Cabrona yooooooooo????


Una de las cosas que he estado advirtiendo que recrudece con el paso del tiempo es mi falta de paciencia ante ciertas situaciones.
En realidad no es algo que llegó ahora, ante mi inminente cumpleaños número 40, sino que podría afirmar que se trató de un proceso que comenzó allá a los 30 y se encuentra a punto de alcanzar su máxima expresión diez años más tarde.
Sí, me estoy volviendo cabrona y ello no me avergüenza en absoluto. Es más, creo que si mi “cabronez” hubiera hecho su aparición triunfal varios años antes, me hubiera ahorrado unos cuantos disgustos y malos momentos.
Hay situaciones que no puedo soportar y ya no gasto energías ni mi precioso tiempo en reprimir lo que siento ni en ser “políticamente correcta”. A saber:

* Caso 1 – No permito que me ninguneen:
El más reciente, que inspiró este post. Sábado a la noche, restaurant paquete en Santa Fe. Entramos junto a mi amiga Mariana, nos reciben dos pendejas que mirándonos de arriba a abajo preguntan “¿tienen reserva?” pero no en un tono normal sino despectivamente, como para agregar acto seguido: “ah no, sin reserva no hay lugar”. Respondo que sí y las minitas quedan sin argumentos. Dejo pasar el semidesplante, como así también sus caras de “¿a vos quién te conoce?” cuando menciono mi apellido tano y nada emparentado con la high society santafesina.
Hasta ahí todo controlado, aún a costa de mi bruxismo por apretar tanto los dientes. Entonces una de ellas nos invita a seguirla… hasta el rincón más oscuro del lugar, una mesa perdida junto a la bodega, entre cajas de vinos, al lado de la parrilla.
Primero decidí sentarme pero al instante me planteé: “¿acaso somos menos que los demás? ¿yo merezco este lugar?” Ahí nomás al toque y a pesar de que Mariana me decía que no le importaba, llamé al mozo objetando el lugar de merde al que nos habían mandado, pidiendo estar más integrada al restaurant y no cerca del depósito con una iluminación que ni nos dejaba ver las caras. Al toque nomás teníamos otra mesa mejor… ah, había otra… ¡mirá vos!

* Caso 2 – El ámbito laboral:
Mi jefa acostumbra a andar gritando por la vida. Hay personas que creen que el respeto se gana así y cuanto más alto se hable, más autoridad se tiene sobre sus subordinados.
Hacía poco que estaba trabajando a sus órdenes y aún no tenía demasiada confianza con ella. Ese día había muchísimo trabajo, para colmo de males se celebraba el acuerdo en la Corte y todos los pedidos laborales eran “para ayer”.
En medio de ese caos, llega un pedido de los Ministros de la Corte y lo resuelvo imprimiendo los fallos solicitados. Al toque llamo a los ordenanzas para que pasen a retirar el material y continúo con mi trabajo.
Estaba atendiendo a una usuaria (puede dar fe Wendy, que fue testigo involuntaria de la escena) cuando entra mi jefa arrasando con todo cual tormenta de verano y me pregunta “¿ya tenés listo lo de los ministros?” Sí, respondo. “¿Lo llevaste?”, continuó. Le dije que acababa de hablar con los ordenanzas para que fueran a buscarlo.
En ese preciso instante se transformó y en medio de un brote psicótico comenzó a decirme todo lo que se le vino a la boca, en presencia de mi usuaria, acerca de la irresponsabilidad de no llevar a tiempo lo requerido y que un pedido de ministro suspendía todo lo que estuviera haciendo, bla bla bla
Creo que no pensé mi respuesta. Simplemente salió de mi boca como vómito porque era todo lo que tenía atravesado en la garganta (mía… y de mis 30 compañeros de trabajo que nunca se animaron a pararle el carro) y tranquilamente le respondí: “ok pero no me maltrate, porque no admito ser maltratada, en ningún ámbito”.
La pobre Wendy había puesto la marcha atrás e iba escondiéndose en un rincón esperando los alaridos de la bestia herida, pero a cambio ésta sólo balbuceó echando fuego por los ojos: “te espero en mi oficina”.
Por supuesto que decir aquellas palabras me costó varios puntos menos en la calificación para ascender ese año pero al menos tuve la satisfacción de poner límites: una cosa es ser jefa y dar órdenes. Otra muy distinta es acusar y maltratar.

* Caso 3 – ¿Amigos o conocidos?:
Soy una persona muy sociable, por lo que tengo amigos en varias jurisdicciones. Con todos ellos, a pesar de la distancia, siempre mantenemos contacto, ya sea vía mail o telefónicamente.
El amigo (al que llamaremos X a fin de proteger su privacidad) vivía en Buenos Aires, nos veíamos a lo sumo una vez al año y el resto manteníamos un pseudo contacto debido a que el señor aparecía por momentos y desaparecía como estrella fugaz antes de poder pedir un solo deseo.
Soy persona de dar varias oportunidades pero colmó mi paciencia cuando sucedió lo siguiente: después de tener un hermoso encuentro en setiembre, X no volvió a aparecer sino en enero con una tarjeta electrónica deseándome “feliz cumpleaños” y preguntando ahí, después de 4 meses, cómo estaba. Furiosa agradecí la “atención” y respondí que me llevaría más de un mail para relatar todo lo que me había sucedido en tanto tiempo, mencionando al pasar un problema de salud por el que estaba atravesando.


¿Creen que acaso me preguntó qué me estaba pasando? No way!... pasaron otros 4 meses hasta recibir nueva postal electrónica de X deseando felices pascuas. A diferencia de las palabras de Alfonsin, le respondí que “la casa no estaba en orden” y comenté cuánto me llamaba la atención después del afecto que había demostrado en nuestro último encuentro, tanta frialdad durante meses. Por supuesto él puso las excusas que todos los hombres suelen poner, como que “el cariño está presente” y “siempre te recuerdo”… aunque no sepas bien si estoy viva o muerta, pedazo de forro!! Y después de darle un curso intensivo (de 3 mails) acerca de qué es la amistad, le deseé buena suerte y hasta luego.
No quiero cambiar a las personas, cada uno es como es pero yo no tengo por qué aceptarlo en mi vida. Yo necesito otra cosa!

* Caso 4 – Empleados y afines
No tengo demasiada gente que dependa directamente de mí, pero considero que como jefa no soy una persona jodida, ni vueltera, ni inconformista, que soy flexible en muchos aspectos y cumplo con mi parte que es pagar por el servicio que me prestan.
Siempre fui una persona de tomar afecto a los demás y tratarlos como si pertenecieran a la familia. Más que empleados siempre busqué amigos, fomentando la confianza y buena relación entre nosotros. Pero qué equivocada estaba!! Un amigo no puede dar órdenes a otro, ni imponer ciertos límites, ni decir no ante determinadas situaciones. Un jefe sí.
Así es como decididamente cambié mi forma de relacionarme con mis empleados. No más regalitos de mis viajes, ni del día del amigo, ni cambios de último momento. Tenemos un contrato de trabajo (verbal pero contrato al fin) y otorguémosle la seriedad que tiene. No sólo hay derechos; también obligaciones.
Si no trabaja, no cobra. Si falta, recupere. Si rompe, arregla. Si no se arregla, paga.
A cara de perro!!

* Caso 5 - soy gorda, ¿y qué?
Tras años de bancarme que me miren despectivamente y sentir la humillación de ser como soy y por tanto no poder en ocasiones adaptarme al mundo estándar en el que vivo, decidí exclamar bastaaaaaa!!!
Eso sucedió cuando al fin me animé a decir “acá no entro, hagan algo, yo pagué por algo mejor” y desde entonces ya no me avergüenza mi obesidad porque aprendí que debo dejar de sentir esa culpa que me destruía porque padezco una enfermedad y merezco que eso se considere en todos los ámbitos. Y ya no tengo problemas en gritárselo a quien sea!!

* Caso 6 – Y la familia también!!
Tal vez el ámbito menos propicio para poner límites sea precisamente el más conocido: el familiar! Pero tampoco es imposible.
Después de años de oír a mi mamá decir “sos una inútil” y “menos mal que no tuviste hijos porque serías una pésima madre”; y de escuchar de mi hermano que soy una mediocre porque elegí el Poder Judicial en lugar de ejercer la abogacía y porque no me llené de guita a costa de sacrificar mi vocación, decidí mandar a todos bien a la mierda y hacer la mía.


Esta es mi vida, buena o mala pero mía. Son mis elecciones y me puedo equivocar pero al menos sabré que mis errores no fueron por seguir los consejos de otro sino por hacer lo que se me cantaba. Así de jodida soy, pero al menos llegado el momento si triunfo sabré que me lo gané y si no, me golpearé la cabeza contra la pared pero no podré acusar a nadie de mis metidas de gamba.

Sí, soy cabrona… ¿y qué?

martes, 3 de noviembre de 2009

EL SABOR AGRIDULCE DEL PRIMER AMOR


Cuando somos adolescentes todo nos parece demasiado trágico, fatal, sentimos que el mundo se derrumba ante el menor obstáculo.
Tarde descubrimos que los grandes dramas que creíamos tener no eran más que simples contrariedades y que nos esperan problemas tanto más graves por resolver.
Me pregunto si también las dificultades que padece nuestra generación a diario serán vistos como intrascendentes en unos diez años.
Hoy en día nuestras neuronas trabajan a mil ocupándose de distintas áreas: familia, pareja, trabajo, estudio, cuestiones domésticas y más!
Cuando éramos chicos y hasta pasada la adolescencia un único tema era responsable de todas nuestras lágrimas y nuestros desvelos: el amor.
Ahhhhh el agridulce amor!!! Penoso cuando no llega, vertiginoso cuando se vive de a dos, triste cuando se pierde… ese permanente desasosiego, ya sea por exceso de felicidad o tristeza, pero jamás un estado de calma y tranquilidad.
Me enamoré por primera vez en primer grado. Yo era la más chiquita del grado (aunque no lo crean!!) y él apenas era dos dedos más alto que yo. Se llamaba Javier y era un hermoso nene que correspondía absolutamente a mi amor. Tal es así que le había dicho a mi mamá que “le guardara esa nenita para casarse con ella cuando fuera grande”.
¡Cuánta inocencia y cuánta ingenuidad! Menos mal que con la edad se pierde un poquito la memoria y Javier olvidó aquella propuesta, ya que si hoy fuéramos pareja me llegaría exactamente al ombligo!!! Él quedó con la altura de segundo grado y yo crecí desmesuradamente en alto y ancho.
A ese amor creo que siguió Marcelo. Un morochito con una sonrisa que derretía los polos!! Creo que todas las chicas estábamos un poquito locas por él. Claro que éramos alumnas de cuarto grado y entonces los noviazgos eran sólo mentales o no pasaban de un besito.
El próximo amor importante que siguió fue Gustavo, en séptimo grado. Y aquí es perfectamente aplicable ese dicho de "hay amores que matan".
Vivía pegándome como si fuera un puching ball. Reconozco que mis brazos gorditos eran tentadores, pero de ahí a tenerlos llenos de moretones y bancármelo por amor hay un largo trecho!!
¡Cómo me pegaba ese pedazo de brutalidad enfermiza! Y esta idiota, en lugar de devolver los golpes, agarraba a piñas a otro pobre Gustavo (más chiquito que yo)
Lo peor del caso es que yo pensaba seriamente que me iba a casar con mi Gustavo!! Ahora nos reímos al conversar acerca de aquellos tiempos violentos que él dice no recordar.
Con relación al otro Gustavo, espero que no los recuerde!!!
Curiosamente mi primer beso no fue con ninguno de esos candidatos tan potables, sino que me lo dio mi primo. Sí, conocidos son los jueguitos entre primos… con Darío todo el tiempo inventábamos juegos, yo era algo menor y más ingenuota.
Un día volvimos del cine de ver una de piratas y él fabricó una espada con dos maderas para jugar “a la película”. Por supuesto que yo no esperaba que me besara como a la protagonista, pero con las hormonas a full lo hizo. Laaaaargo besazo, demasiado largo para mi corta edad y experiencia.
Obviamente no me gustó nada y ahí nunca más quise jugar con él… yo quería besos de otros!!!
Pero no fue sino en mi primera comunión cuando conocí al que podría mencionar como mi verdadero primer amor: Germán. Era un nene triste, su madre estaba enferma, corría riesgo su vida y como las mujeres somos tan pero tan imbéciles como para enamorarnos siempre de los sufridos y desprotegidos, morí por él.
Pasaron varios años y me sorprendió encontrarlo en el secundario, en mi mismo curso!! ¡Cuánta emoción! No lo podía creer!!!
Claro que él nunca me registró más que para usarme para hacerle las tareas de todas las materias, copiarme en las pruebas y dibujarle las traducciones en estenografía.
Después de Gustavo, con este candidato, terminé de convencerme que nunca sería inteligente a la hora de elegir pareja.
No sé qué me atraía de Germán. Ni siquiera físicamente era bonito, si era inteligente lo disimulaba bastante bien y no tenía el más mínimo sentido de “urbanidad” para conducirse en la vida.
Pero yo, como buena mujer, lo adoraba. Para mí era un adonis y sus malos modales eran graciosos y divinos, que me usara era la forma de relacionarme con él y que no me quisiera era un detalle menor que podía soportar.
Fueron cinco años de sufrimiento por el amor no correspondido. No podía haber en el mundo dolor más grande.
En quinto año hice un viaje a Europa, por primera vez volaría en avión. Tenía miedo a no regresar y que él nunca supiera cuánto lo quería (pobre ingenua… como si él no se hubiera dado cuenta!!) así que tan “Drama Queen” como era de adolescente, le escribí una larga historia para que le fuera entregada en caso de que perdiera la vida en medio del océano.
Como verán, volví sana y salva, habiendo gastado fortunas en estampillas de colección que le regalé sin razón alguna (la excusa fue algo así como “vi tantas estampillas y recordé que las coleccionabas… que te traje!”)
Creo que un “gracias” ligué y para mí, que me conformaba con tan poco, fue halagador, pero iba por más y decidí mandarle la carta.
No dormí en días ni lo pude mirar a la cara después de esa entrega, pero él (fiel a su estilo) no acusó recibo. Y lo agradezco porque creo que me hubiera muerto de la vergüenza!!!!
Tan dramática como siempre creo que terminaba con algo así como “voy a amarte hasta el día de mi muerte”.
Ay, qué trágicos son los adolescentes!! Todo es tan extremista, sólo blancos y negros. No más colores.
Él se casó muy joven y mi amor se terminó cuando dejé de verlo a diario.
Hoy que lo veo objetivamente y a la distancia creo que éramos y somos absolutamente incompatibles!! Pero así son los caprichos de Cupido y muy rara vez nuestro primer amor es el único y definitivo.
En ocasiones sueño con Germán, pero no como es ahora sino como era en tiempos de secundaria, y siento una absoluta paz y serenidad, la misma que me faltaba cuando estaba enamorada de él.
Tal vez la tranquilidad sea por verme adolescente sin mayores preocupaciones, o por el contrario, saber superada esa etapa tan patéticamente absurda.
Lo cierto es que nada es tan definitivo como parece y que a un tiempo sigue otro. Sabemos precisamente cuál fue nuestro primer amor pero nunca podremos saber cuál es el último.

¿Y ustedes qué me cuentan? ¡¡¡¡Quiero leer historias de amor!!!!